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En el día de difuntos

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Nunca le había gustado la expresión “corpore insepulto”; sin embargo le hacía gracia la locución verbal de “hacerse una fotografía de cuerpo presente”, que recordaba de “El Señor fotógrafo”, una película de Cantinflas. Pero no, la cosa no estaba para bromas en el tiempo presente. Quería una ceremonia íntima, sin muchos testigos de la escena final “dopo la esposizione attesa al publico”, 1200 grados durante dos horas; el tiempo que fuera necesario para enfriar los restos y luego pasar por la trituradora y convertirse en polvo. Amante de la naturaleza a poder ser en su fase primigenia, siempre evitó en lo posible la contaminación. Estaba apuntado a no sé cuantas organizaciones ecológicas y hasta en una ocasión, siendo joven, subió al Kilimanjaro en una expedición reivindicando el glaciar de la montaña sagrada de África.

“Memento homo, quia pulvis eris et in pulverem reverteris”. Venía ahora a su memoria en el propio instante de su reflexión esta locución latina que pronunciaba el cura en el momento de administrar en el frontal del creyente, haciéndole una cruz con ceniza, el día miércoles en Semana Santa. Y no había ceniza más propia que su ceniza –pensó- pero no sería higiénico e iría contra sus propios principios.

Recordaba aquellos funerales tenebrosos. Levantaban un catafalco: una mesa más larga que ancha y encima otra de menor tamaño, pero alargada, y el conjunto, tapado con un cortinón negro ribeteado con hilo de oro que llegaba hasta el suelo. Era de forma tal que asemejaba un cajón mortuorio y en la cabecera del escenario, una cruz y cuatro cirios altos, como los de Pascua, sobre candelabros de madera, negros, asentadas sus patas en el suelo de las cuatro esquinas, y abría el cortejo fúnebre el cura, con gran autoridad, formalmente serio, como correspondía a la ceremonia, revestido de casulla negra y tocado de bonete de raso negro, de cuatro picos iguales y salientes de otros tantos espacios y una borla en su centro a modo de pompón o bola de lana o de plumas de ave teñidas de negro, que todo podía ser, y a manera de pompón de marinero francés pero éste es de color rojo.

Él se alejaba de las incontinencias verbales y se sumergía en el morbo puro y duro de la realidad presente. Algo que le angustiaba y le llenaba de placer al mismo tiempo y así veía llegar aquel mini cortejo fúnebre de otros tiempos en el que el cura era acompañado por tres acólitos en un funeral de tercera, de tal manera que, uno portaba un cirial alto, el otro, una sencilla cruz procesional y el último el calderillo de agua bendita con el hisopo.

Y al final, el gran cortejo fúnebre en el que el protagonista iba en cabeza cargado a hombros por cuatro amigos o familiares inmediatamente detrás del cura y acólitos en un discreto entierro de tercera camino de la casa definitiva. Y los acompañantes, sin recato alguno, hablando de sus asuntos: créditos o fiados, impagados o letras devueltas o recibos recusados o de las cosechas o -sin rubor- de las mujeres: casadas, solteras, viudas. “ Qué sóla se queda la vida que queda viene la muerte” – murmura para sí remedando las coplas de J.Manrique por la muerte de su padre.

La pobre viuda del interfecto: ¡qué pena¡. Y las mujeres que parecen más recatadas, hablan entre dientes o embozada la boca con un manto o la simple mano que oculta las palabras.

Inmune a toda depresión y contento con su destino quedó dormido, cara beatífica, piernas estiradas sobre el sofá. Agarrando con fuerza aquella postal de la vida que se iba y arrullado por la música de “ Tiempos de Cerezas” du chansonnier Jean Baptiste Clemént que descansa también en el cementerio de Montmartre.

Texto: Avelino Anta Lista. jubilado

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