Los jubilados como tribu urbana

Plácido Blanco Bembibre xunto á estatua de Ramón del Valle-Inclán en Santiago de Compostela.

Por los años sesenta fueron emergiendo lo que llamaron EMOS. Esa tribu urbana de adolescentes tenían, y aún tienen, pues perviven en nuestros centros educativos, como rasgos comunes: la desesperanza y la sensibilidad triste ante la vida. Como rasgo físico solían tapar un ojo con el abundante cabello.

Ahí nos tienes a los jubilados y a aquellos que estamos a un tris de jubilarnos.

Somos una tribu urbana que deambula por la ciudad. Si nos ves míranos con respeto pues fuimos y ahora ya casi no somos.

La tristeza cabalga nuestras chepas. Calle arriba y abajo somos ingenieros de toda obra nueva que se precie.

Ahora la sensibilidad se nos ha exacerbado. Nos emocionamos viendo el sol dormirse sobre un banco del Posío, o se nos cae una lágrima al pensar que nadie volverá a preguntarnos sobre algo. Cómo van a preguntarnos si ya estamos retirados y fuera de servicio. El pueblo romano aprovechaba a los viejos para preguntarles en el Senado. ¡Cosas de romanos!

Es una pena que no podamos taparnos el ojo con el cabello. Pero… casi es mejor mirar con un sólo ojo este mundo de imbéciles que consideran a un economista jubilado como a una persona con discalculia, a un profesor jubilado como a un diccionario de erratas, a un agricultor de siempre como a un vendedor de cebollas, a un mecánico jubilado como al tonto de los tornillos, a una médica prestigiosa como a una señora gorda con alzheimer.

Me preguntará amablemente el director de mi colegio, sobre la fecha en la que me harán la tradicional comida de despedida. Y yo… voy a resistirme y voy a decirle que no, que muchas gracias, que no se ha acabado nada, que de aquí para adelante, escribiremos una novela, o pintaremos treinta cuadros o miraremos pasmados, si ha llovido, cómo el aire se llena de un olor azucarado a ozono, a azucena, a durazno, a toronja y a bergamota.

Y veremos todo: la política, la educación, la sanidad, el deporte, con nuestro ojo amblíope y puede que nos echemos unas risas.

La edad no es una avispa velutina que vaya a vencernos. Que no, que la edad es sólo un tiempo en el que el corazón ralentizado nos permitirá gozar de las pequeñas cosas.

Le digo a mi padre: Plácido vete a pasar el rato al Centro Social…y él me contesta siempre: no, que está sólo lleno de viejos.

Texto: Plácido Blanco Bembibre. Doctor, experto en psicopatología, Catedrático de Orientación.

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